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Contexto y prólogo de La fenomenología del espíritu (pp. 7 - 25)


 Hola , compañeros. En esta oportunidad les compartimos nuestro resumen sobre la primera parte del  prólogo de La fenomenología del espíritu.

Antes de comentar brevemente la importancia del pensamiento hegeliano, debemos situar su filosofía en un contexto histórico social determinado. El Romanticismo tiene como pilares básicos el liberalismo político y la libertad artística basada en la inspiración. En Alemania, este movimiento se refleja en el patriotismo, nacionalismo, historia y literatura. Hay una necesidad de expresar lo inexplicable. Ya no solo es necesaria la “razón”, como en la Ilustración y en Kant, sino también el sentir, el sentimentalismo y la espontaneidad. Es lo irracional la vía de acceso a la realidad, además el Romanticismo exalta a la unidad orgánica con la naturaleza, así como la unidad en la tradición y la historia del pueblo alemán en particular, y de la humanidad en general. Es así como la “razón” infinita, absoluta y creadora, guía a la humanidad. Este infinito es totalidad, devenir, razón y conciliación de contrarios. Hay un plano espiritual que va cobrando vital importancia en el Romanticismo.

La propuesta filosófica de Hegel tiene un gran valor histórico (a parte de su aporte a la filosofía misma), debido a que su sistema es la maduración y conjunción de todo el pensamiento anterior. Así mismo, es la representación sistemática de la filosofía por antonomasia, pues pasa de la crítica como forma de hacer filosofía, a la sistematización de esta como ciencia verdadera. Para ello abraza todo el conocimiento anterior y lo lleva hacia un proceso dialéctico.  Esta dialéctica como método consiste en descubrir y seguir racionalmente le movimiento de la Idea, bajo una nueva lógica que estaría basada en la conciliación de las contradicciones. Esto permite que la filosofía tienda a un sistema. En ese sentido la obra, Fenomenología del Espíritu es la sistematización del tránsito de la conciencia humana hacia el Infinito. En esta obra se muestra las etapas de dicho tránsito, así como la estructura histórica del Espíritu.

Prosiguiendo con esta pequeña síntesis introductoria sobre le pensamiento hegeliano y sobre la Fenomenología del Espíritu, haremos un breve repaso por lo más resaltante entre las páginas 7 y 25 del citado libro.

Hegel empieza criticando la manera de hacer filosofía en donde se presupone ciertas cuestiones que tienen relación con el estudio que intenta plasmar dicho autor. Para Hegel, la filosofía ve lo universal en lo particular, por ello debe plasmar lo esencial de la cosa misma en su esencia perfecta, y no hacer un desarrollo de lo no esencial, es decir, de lo particular que tiene cada pensamiento filosófico. Este desarrollo no esencial se da porque las obras filosóficas creen tener determinadas relaciones con la verdad que oscurecen el conocimiento de la verdad en un antagonismo: verdadero y falso. Estas pretensiones filosóficas no conciben la diversidad de los sistemas filosóficos como un desarrollo progresivo de la verdad, sino que sólo ve en la diversidad la contradicción. Hegel, por otra parte, contrario a aquello que critica, busca la unidad orgánica en el fluir del todo, que es precisamente lo que le da vida al todo. Hegel dirá que, en efecto, la cosa no se reduce a su fin, sino que se halla en su desarrollo, ni el resultado es el todo real, sino que lo es en unión con su devenir; el fin para sí es lo universal carente de vida, del mismo modo que la tendencia es el simple impulso privado todavía de su realidad, y el resultado escueto simplemente el cadáver que la tendencia deja tras sí.

Hay una frase que aparece en la segunda parte del prólogo y que resume muy bien la influencia del Renacimiento en la Fenomenología: “Se pretende que lo absoluto sea, no concebido, sino sentido e intuido, que lleven la voz cantante y sean expresados, no su concepto, sino su sentimiento y su intuición”. Pero a la ciencia no le cuadra aquello, dice Hegel, pues esta solo busca su edificación. La filosofía, a diferencia de la ciencia, debe guardarse de esa pretensión de edificación. Por otro lado, el Espíritu que guía a la humanidad no permanece nunca quiero, sino que se haya siempre en movimiento progresivo. Pero surge la pregunta sobre los nuevos enfoques o descubrimientos, ¿acaso no son estas, prueba de la no permanencia del Espíritu? Hegel dirá que aquellos paulatinos desprendimientos, que no alteran la fisionomía del todo, se ven bruscamente interrumpidos por la aurora que de pronto ilumina como un rayo la imagen del nuevo mundo. Sin embargo, este mundo nuevo no presenta una realidad perfecta, sino que esta primera aparición es tan sólo su inmediatez o su concepto. Del mismo modo, la ciencia, coronación de un mundo del Espíritu, no encuentra su acabamiento en sus inicios. El comienzo del nuevo Espíritu es el producto de una larga transformación de múltiples y variadas formas de cultura. Ante el fluir del Absoluto en el tiempo, la conciencia echa de menos la nueva figura que se manifiesta la expansión y la especificación del contenido; y aun echa de menos el desarrollo completo de la forma que permite determinar con seguridad las diferencias y ordenarlas en sus relaciones fijas. Sin este desarrollo completo, la ciencia carece de inteligibilidad universal y presenta la apariencia de ser solamente patrimonio esotérico.

Otro aspecto importante en la Fenomenología es la necesidad que lo Absoluto entre en el concepto del sujeto, dice Hegel: “según mi modo de ver, que deberá justificarse solamente mediante la exposición del sistema mismo, todo depende de que lo verdadero no se aprehenda y se exprese como sustancia, sino también y en la misma medida como sujeto”. Así mismo, el devenir es expresado en Hegel como un círculo, que se hace real por medio de su desarrollo y de su fin. Lo verdadero es el todo. Pero el todo es solamente la esencia que se completa mediante su desarrollo. De lo absoluto hay que decir que es esencialmente resultado, que solo al final es lo que es en verdad, y en ello precisamente estriba su naturaleza, que es la de ser real, sujeto o devenir de sí mismo. La mediación no es sino la igualdad consigo misma en movimiento o la reflexión en sí misma, el simple devenir.

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